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CRECER EN FEMENINO · 15 SEPTIEMBRE 2026

¿Qué necesita una niña para conocerse, comprender el mundo y construir su propio lugar en él?

Tres niñas de distintas edades comparten un espacio de juego, creación y descubrimiento

Durante generaciones, las niñas han crecido dentro de mundos que ya habían decidido muchas cosas por ellas: cómo debían comportarse, cuánto espacio podían ocupar, qué partes de su cuerpo convenía esconder, qué emociones resultaban aceptables y hasta dónde podían llegar sin incomodar demasiado.

Aprendieron a adaptarse antes que a preguntarse quiénes eran. A leer las necesidades de los demás antes que las propias. A contener la rabia, suavizar la voz, cuidar, agradar y hacerse responsables de aquello que ocurría a su alrededor. Muchas recibieron una educación extensa sobre cómo estar para otros y muy pocas herramientas para comprender qué estaba sucediendo dentro de ellas, en su interior.

Esa educación deja huella en la infancia que crece con ellas y las acompaña hasta la vida adulta. Una huella que se hace presente en las mujeres que sienten culpa cuando ponen un límite. En las que dudan de su propio criterio incluso cuando saben exactamente lo que quieren. En las que han aprendido a desconfiar de su cuerpo, a vivir la menstruación como un inconveniente, a restar importancia al dolor y a considerar excesivas algunas de sus emociones. También en quienes han construido una vida aparentemente elegida y, un día, descubren cuánto de esa elección nació realmente de lo que se esperaba de ellas.

Por eso preguntarnos qué necesita una niña es una cuestión profundamente política.

Porque una niña capaz de reconocerse, comprender lo que siente y confiar en su propia percepción crece de una manera diferente. Ocupa el espacio de otra forma. Construye relaciones diferentes. Puede mirar el mundo con criterio, identificar aquello que la daña y participar en la creación de algo mejor.

Una niña necesita conocer su cuerpo mucho antes de que el mundo empiece a opinar sobre él. Necesita saber cómo nombrar cada parte de su cuerpo, porque nada en él es un tabú, qué funciones cumplen y qué cambios atravesará a medida que crezca. Necesita descubrir que su cuerpo guarda información y que sus sensaciones merecen atención. Que el cansancio, el placer, el malestar, la tensión, la tranquilidad o el deseo de alejarse de alguien forman parte de un lenguaje que puede aprender a escuchar.

Cuando una niña desconoce su cuerpo, otras personas pueden definirlo por ella. Pueden decidir qué debe sentir, qué resulta normal, cuánto dolor tiene que soportar o cuándo su incomodidad carece de importancia. El conocimiento corporal, en cambio, le proporciona palabras. Tener palabras cambia radicalmente lo que una niña puede identificar, expresar, preguntar, proteger y compartir.

Conocer el cuerpo también significa crecer sin convertirlo en un problema que resolver. Sin aprender que necesita corregirlo para ser aceptada. Sin vivir cada cambio como una pérdida de valor o como la entrada inevitable en un territorio de vergüenza.

Su cuerpo será el lugar desde el que experimente toda su vida. Educarla para conocerlo es ofrecerle una raíz desde la que crecer.

También necesita comprender sus emociones sin ser reducida a ellas.

Las niñas siguen recibiendo mensajes contradictorios. Se espera que sean sensibles, pero su llanto molesta. Se celebra que tengan carácter hasta que ese carácter cuestiona la autoridad. Pueden mostrarse alegres, cariñosas y generosas; la rabia, la intensidad, el desacuerdo o la necesidad de estar solas encuentran bastante menos espacio.

Una niña necesita descubrir que sus emociones tienen sentido, incluso cuando resultan incómodas para los adultos. La rabia puede señalar una injusticia. El miedo puede pedir seguridad. La tristeza puede necesitar tiempo y compañía. La alegría abre el cuerpo hacia la vida. Cada emoción aporta información sobre la relación entre lo que sucede fuera y lo que está ocurriendo dentro.

Comprenderlas le permite atravesarlas, expresarlas y reconocer las necesidades que contienen. Le permite también diferenciar lo propio de lo ajeno, en lugar de convertirse en la encargada de sostener el clima emocional de toda la familia.

Porque las niñas también necesitan crecer sin asumir que cuidar significa olvidarse de sí mismas. Necesitan relaciones en las que su voz tenga espacio, presencia y eco. Adultos capaces de escucharlas con verdadera atención, incluso cuando hablan despacio, cambian de opinión, hacen preguntas incómodas o expresan algo que desordena nuestras certezas. Necesitan comprobar que participar va mucho más allá de elegir entre dos opciones previamente decididas: significa poder intervenir en las cuestiones que afectan a su vida de acuerdo con su edad, su desarrollo y sus posibilidades.

Escuchar a una niña consiste en reconocer que posee una mirada propia y que esa mirada forma parte de la realidad.

Una niña necesita límites que la protejan y vínculos que respeten su dignidad. Necesita aprender que el afecto nunca exige renunciar a sí misma, que puede querer a alguien y marcar una distancia, que su cuerpo le pertenece y que el consentimiento empieza en los gestos cotidianos: en el beso que puede rechazar, en las cosquillas que deben detenerse cuando lo pide, en la intimidad que merece ser cuidada.

Cada vez que respetamos uno de esos pequeños límites, le estamos enseñando algo enorme: su percepción importa.

Pero conocerse por dentro resulta insuficiente si una niña no dispone de herramientas para comprender el mundo que la rodea.

Necesita conocer la historia de las mujeres que vivieron antes que ella. Las que escribieron, investigaron, cultivaron, enseñaron, sanaron, inventaron, cuidaron, crearon, lucharon y sostuvieron comunidades enteras, aunque sus nombres hayan desaparecido de muchos relatos. Necesita referentes diversos y reales, vidas con contradicciones, dificultades, inteligencia, humor, valentía y capacidad de decisión.

Cuando las niñas apenas encuentran mujeres en la historia, aprenden silenciosamente que el mundo fue construido por otros. Cuando las conocen, descubren que también les pertenece.

Necesitan aprender a observar los mensajes que reciben. Preguntarse quién habla, qué quiere transmitir, qué idea de niña o de mujer presenta, qué cuerpos aparecen, quién ocupa el centro y quién permanece fuera de la imagen. Comprender que los cuentos, las películas, la publicidad, las redes sociales y los juguetes también educan, porque cada uno propone una manera de mirar la belleza, el poder, el éxito, el amor y la libertad.

El pensamiento crítico comienza mucho antes de aprender palabras complejas. Empieza cuando una niña descubre que puede mirar algo y preguntarse: «¿Por qué tiene que ser así?».

Esa pregunta abre una grieta en todo aquello que parecía inamovible.

También necesita comprender que forma parte de una comunidad y de un territorio. Saber de dónde proceden los alimentos, cómo cambia la luz a lo largo del año, qué seres viven cerca de su casa, qué historias guarda el lugar en el que crece y de cuántas formas distintas organizan la vida las personas. Necesita tocar, observar, investigar, leer, jugar, crear y relacionar lo que aprende.

La vida no ocurre dividida en asignaturas. El cuerpo se relaciona con la alimentación, el descanso, el movimiento, las emociones y el entorno. La identidad crece dentro de una familia, una cultura, una época y una comunidad. La naturaleza habla de ciclos, interdependencia y transformación. La literatura permite entrar en otras experiencias y regresar a la propia con nuevas preguntas.

Comprender el mundo significa descubrir esas conexiones. Para construir su propio lugar en él, una niña necesita imaginar que ese lugar existe.

Necesita tiempo para explorar quién es más allá de lo que hace bien, de sus resultados y de la aprobación que recibe. Tiempo para aburrirse, probar, equivocarse, cambiar de interés y volver a empezar. Necesita crear sin que cada creación tenga que ser bonita o útil. Moverse sin que su cuerpo sea observado. Jugar sin que el juego reproduzca siempre los mismos papeles. Aprender sin sentir que su valor depende de acertar.

Necesita experiencias que amplíen sus posibilidades, en lugar de caminos trazados de antemano.

Construir un lugar propio tampoco significa crecer aislada o tener que hacerse fuerte frente a todo. Las niñas necesitan red, pertenencia y comunidad. Necesitan saber que otras personas las sostendrán cuando algo resulte difícil y que ellas también pueden participar en el cuidado de lo común. La autonomía crece con raíces, vínculos seguros y espacios donde una puede ensayar su voz antes de llevarla al mundo.

Quizá una de nuestras mayores responsabilidades como adultos sea revisar cuánto espacio real dejamos a las niñas para convertirse en seres completos, no fragmentados.

Personas capaces de cuidar y de poner límites. De sentir amor y rabia. De pertenecer y cuestionar. De escuchar a otras personas y defender su propia voz. De reconocer la historia de la que proceden y decidir qué desean hacer con ella.

Las niñas ya están mirando el mundo. Perciben sus contradicciones, sus desigualdades y también sus posibilidades. Formulan preguntas, elaboran explicaciones y construyen ideas acerca de quiénes son desde los primeros años. La infancia no es una sala de espera. Es un territorio vivo en el que se forman la relación con el cuerpo, la confianza en una misma, la manera de vincularse y la percepción del lugar que cada niña puede ocupar.

La pregunta, entonces, también se dirige hacia nosotras.

¿Qué mundo estamos poniendo ante ellas? ¿Qué aprenden al observar cómo hablamos de nuestros cuerpos, cómo repartimos los cuidados, cómo tratamos a otras mujeres y cuánto valor concedemos a nuestra propia voz? ¿Qué posibilidades encuentran en los espacios que hemos construido?

Acompañar a una niña exige algo más que quererla. Exige reconocerla como protagonista de su propia vida.

Dar nombre a su cuerpo. Escuchar sus preguntas. Acoger sus emociones. Acercarle historias en las que pueda encontrarse. Ofrecerle conocimiento, naturaleza, juego, arte y comunidad. Ayudarla a comprender las estructuras que atraviesan su experiencia. Recordarle, tantas veces como sea necesario, que su voz posee valor y que su presencia puede modificar el mundo que comparte con otras personas.

Eso necesita una niña para conocerse, comprender el mundo y construir su propio lugar en él.